Olga en Emblemático CERRO ANCÓN
Tweet me!Cuando Olga me pidió que la acompañara a subir el emblemático Cerro Ancón no lo dude un instante. Las razones sobran. Muchos panameños la han subido pero yo no. Sin embargo me he escalado los cerros más altos del país, pero la que está enclavada en medio de la ciudad capital, no la conozco. Ahora Olga me ha dado razones de más para subir el cerro más conocido y famoso de Panamá.
A Olga la conocí hace muchos años. Y en muy corto tiempo esa amistad se fortaleció como el Peñón de Gibraltar. Desde entonces nada la ha resquebrajado. Las razones están en Olga misma. Su angelical personalidad, su apacible carácter, su dulcificado espíritu y su inocente alma te seducen y terminas atado a ella para siempre. Aunque la vida le ha dado sus terribles reveses Olga sigue destilando paz y mansedumbre. Yo tuve la inmensa dicha de granjearme rápidamente su amistad. Cuando reapareció al cabo de doce años no pude negarme al rencuentro. Y el encuentro fue tan vehemente que sentí el crujido de sus costillas y el vahído de sus pulmones vaciarse cuando la abrace. Venía de gira a la ciudad capital con sus alumnas ávidas de conocer el famoso Cerro Ancón.
Cuando arribamos a las faldas mi altímetro registró 60 metros de altura, lo que significaba, y así se lo expresé a las niñas, que faltaba 139 metros y muchas pensaron que sería pan comido. Pero cuando aquella densa selva hizo sentir su elevada humedad, todas se agotaron a 10 metros de haber iniciado la subida. Allí, en ese im passe aproveche e inicié a manera de relato lo que sé de este famoso cerro.
Cuando Francisco Pizarro fondeó en el “ancón” (término indígena que significa ensenada, bahía) no tardó en convertir el cerro una atalaya. Con el tiempo fue bautizado El Cerro de Ancón. De sus faldas emergían numerosos riachuelos que terminaban cantarinas en los bulliciosos barrios de la naciente ciudad. Uno de estos barrios fue nombrado “Chorrillo”. Barrio muy popular hoy. Sus habitantes buscaban a diario agua en las norias, pozos y aljibes del cerro. Por años abasteció de agua la ciudad colonial y sirvió de atalaya hasta que los franceses tomaron el cerro para las faenas del Canal Francés (1881) en Panamá. Restringieron el suministro agua, y la libre entrada. Decidieron “arrancharse” (habitar) en sus faldas. El ingeniero jefe y Director del Canal Francés, Jules Dingler, construyo un palacete, costosísima ($50 mil USD) en Cerro Ancón y mandó traer de Paris a su joven y hermosa esposa y sus dos hijos. Construyó enormes y costosísimas jaulas (5 mil USD) para exhibir sus exóticas aves tropicales pero justo cuando todo marchaba bien, su hija, Louise, su prometido y el hijo de Dingler de 20 años, murieron de fiebre amarilla en 1884. Nunca llegaron a ocupar la mansión. Dingler retorno a Francia, pero el Canal exigía rápido retorno. A los meses regresa con su esposa y por trágico que pareciese, ella muere de la fiebre amarilla. Dingler renuncia y regresa a Francia donde la razón lo abandona y acaba internado en un manicomio donde muere alucinando sobre Panamá. Poco después la Maison Dingler (Dinglers Folie) termina como Centro de Detención y Cuarentena para las enfermedades tropicales.
Cuando los gringos asumieron la construcción del Canal, hicieron radicales cambios. Empezaron por clausurar todos los pozos, aljibes y norias. Instalaron en la cima el primer sismógrafo de toda América Latina (1902), rebanaron la cara norte del cerro y sacaron 3.2 millones yd3 de piedra (Quarry Heights) para la confección de las esclusas (Pedro Miguel y Miraflores) en el sector pacifico. Dejaron que volviera a crecer la salvaje selva que una vez tuvo y con ello volvió a repoblarse la vida animal (66 especies) que hoy es endémico, y urbanizaron la falda del Ancón con un novedoso concepto urbanístico conocido como “Ciudad Jardín” (1915) el cual garantizaba la humedad y lluvia en el Canal. Hoy se mantiene casi intacto.
Cuando estallo la 2ª Guerra Mundial los japoneses amenazaron con bombardear y atacar el Canal de Panamá (administrado por los gringos) y estos no tardaron en artillar la cima del Cerro Ancón para eventuales ataques aéreos tipo kamikaze. En las fauces del Canal ubicaron inmensos cañones capaces del exterminio. Y temiendo un bombardeo nuclear construyeron “El Tunnel” (1942) en las entrañas del Cerro Ancón. Este “bunker” fue construido para aguantar el ataque masivo de bombas, y mantenerse aislado por 3 años. Se aseguraron que contara con todo: 40 recámaras, 7 puertas blindadas, un gran depósito, Mezzanine, aire acondicionado, garitas de seguridad interna, luz eléctrica generada internamente, agua potable independiente, salón de reuniones, capilla para ambos sexos, a prueba de espionaje (no permite la salida ni entrada de cualquier tipo de onda), pared de 3 pies de concreto reforzado, área segregada para servicio de inteligencia, seguridad y vigilancia, varios niveles de pisos y enteramente resistente contra bombas nucleares.
Cuando el Presidente Bush (padre) decidió invadir (más bien masacrar) Panamá (1989) con el fin de capturar al dictador y narcotraficante Manuel Antonio Noriega, el General Maxwell Thurman, del Comando Sur, dirigió todas las operaciones militares de invasión (masacre de civiles) desde las entrañas del Túnel del Cerro Ancón. En aquella operación que ellos llamaron injustamente “Causa Justa” mataron más de 500 civiles y dejaron 20,000 almas sin hogar en vísperas de Navidad. Aún recuerdo esos amargos días en que solo comimos atún enlatado día tras día sin muchas opciones en Navidad y Año Nuevo.
Gracias al refinado oído y vista de José, hijo de Olga, pudimos disfrutar de una manada de minúsculos y tímidos monos Titi cruzar un puente arbóreo frente a nuestro inesperado asombro. Fue un deleite en plena ciudad. Tampoco pasaron inadvertido una galería de aves tropicales en la espesura de la selva. En un claro de la densa selva se asomó un retazo de la ciudad colonial. Es inusual que estando en plena metrópoli la selva te permita atisbar un pedacito de la ciudad. Saque mi cámara y me deleite. Unos metros más adelante emergió entre los bejucos y arboleda la ciudad moderna, con sus imponentes rascacielos rasgando las nubes.
A 160 metros de elevación se asomó una gran antena de telecomunicación, justo en el lugar donde todavía queda uno de los aljibe coloniales que aún mana agua. En cambio Olga sudaba agotadoramente. La humedad la resta fuerzas, pero insiste. Arriba se escuchaba la algarabía de la muchachada que había coronado la cima.
A los 195 metros de elevación llegamos a la cima y un glorioso escenario panorámico se abrió frente a nuestros sorprendidos ojos. Olga se separo y busco una silla donde reposar su cansado cuerpo. Yo fui con José a un mirador desde donde se veía entera la ciudad canalera: allí estaban los colosales puentes (de Las Américas y el Centenario) que cruzan por encima del Canal de Panamá, los barcos tanqueros navegan despacio los pasadizos de agua, los nostálgicos edificios de la época gringa están por doquier, hasta que la interminable red de rieles del ferrocarril cargado de vagones en reposo nos sacó de la nostalgia pues derribaron hermosos edificios y árboles centenarios para imponer el progreso. Nos emocionamos cuando se delizó dócilmente sobre la pista de aterrizaje una avioneta Cessna en medio de edificios y hangares. Aquel evento me saco el niño que llevo dentro y los recuerdos de infancia se atizaron tanto que saque fotos innecesarias de aquella avioneta.
Nos fuimos al mirador Este y allí estaba la ciudad moderna, en todo su esplendor, la ciudad cosmopolita, aquella sin identidad, plagada de edificios, compitiendo por surcar los cielos. Fue maravilloso verlos abigarrados, peleando cada centímetro de espacio, rasgar los cielos y recordé que la ciudad de Panamá se abroga el hecho de tener los edificios más altos de América Latina. Saque fotos a mansalva de este indiscriminado crecimiento. Me senté en una banca a contemplar aquel panorama nunca visto y me deje llevar por el orgullo y la nostalgia. Olga apareció y se sentó a mi lado a contemplar el vasto océano pacifico y sentir el viento refrescar su cuerpo como un oasis de alivio. Allí, sentados revivimos viejos recuerdos, hablamos de los hijos, de nuestras vidas, anhelos, sueños y tantas cosas que quedamos solos, a la deriva de la soledad, del viento y de un paisaje realmente encantador.
Refrescados por el suave viento nos fuimos a la cara Sur y no pude más que sentirme maravillado por el esplendor de la ciudad colonial. Recité como un poema sabido uno a uno nombre los edificios emblemáticos mientras sacaba fotos. El candente sol me devolvió al siglo XXI y le comente a Olga que faltaba la cara Oeste (el punto más alto, 199 metros). Allí ondea la bandera mecida al capricho del viento. Cuando llegamos nos topamos que una cerca ciclónica y nos conformamos con contemplar, desde su base la inmensa bandera tricolor. Es inmensa. Tan grande que podría cubrir 27 vehículos. Ondeaba libremente, custodiada por la estatua de Amelis Denis de Icaza quien le dedicó su conocidísima poema “Al Cerro Ancón” (1906); “Ya no guardas las huellas de mis pasos, ya no eres mío, idolatrado Ancón…” Allí estuvimos en completo silencio, rindiendo un mudo tributo a la patria hasta que se escuchó la seca escaramuza de algo huidizo en un viejo árbol, plagado de lianas y envejecidas bromelias. Tardamos en distinguir una inmensa iguana camuflado con los colores del tronco. De inmediato se escondió pero olvido su larga cola color Tormenta del Desierto a la vista.
De bajada nos topamos con varios ñeques (roedores) que cruzaban la vía. Eso me trajo a la memoria aquella vez que construía una lujosa residencia (2009) en las faldas del Cerro Ancón. Aquella tarde salieron dos venados de la selva. La más grande, la madre se escondió cuando me vio, pero temía la suerte de su hijo que siguió comiendo pasto verde. Pude acercarme a un metro, al punto que pude escuchar sus tiernos resuellos. Yo temía la inesperada embestida de la madre, que desde su escondite, no me aparto los ojos ni un instante. Súbitamente una manada de conejos salvajes salió y asustando al cervatillo que de un solo brinco quedo al resguardo de su madre. Recibió fuertes gruñidos de su madre por su inocencia.
En las faldas sur del Ancón fuimos a recorrer una réplica a escala natural (Mi Pueblito) de las viviendas de aquellas épocas gloriosas: la vivienda colonial, la afro antillana, la francesa y la gringa. Me deje llevar por la nostalgia. Yo crecí en una de estas viviendas. En Mi Pueblito había los locales de artesanías por doquier y no resistí fotografiar la infinita variedad de artesanía indígena Emberá. Terminé comprando una preciosa máscara de un búho, elaborada magistralmente con fibra vegetal. Hoy adorna mi sala. Mi despedida de Olga pareció cosa de locos. Apresurado, sin decirnos adiós y en mitad del agitado tráfico vehicular. Ahora cada vez que veo el Cerro Ancón –desde cualquier punto se divisa- me invade el patriotismo galopante de haberla conocido por petición de Olga.